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Relatos

Me ocurrió una vez…

Me ocurrió una vez…

Me ocurrió una vez. Estaba en la estación de trenes de Granada, España. Caía la noche…el incipiente y estrellado cielo nocturno mostraba sin reparos que éramos parte de un grandioso Universo.

Nos despedimos alegremente con mis amigos humanistas y subí al tren. Me esperaban unas doce horas hasta llegar a Barcelona. Ya en mi asiento, me llamaron la atención varias personas mayores con valijas modernas y nuevas, que habían sido “aseguradas” con sogas o cuerdas (?). Eran valijas que no podían fallar…me imaginé que podía ser un hábito muy lejano, un “por si acaso” forjado en la niñez de esos mayores…un hábito que se las había arreglado para pasar por alto los adelantos surgidos desde la revolución industrial.

Luego de un par de horas, me acerqué hasta el bar del tren para tomar un buen café. Me senté en la pequeña barra y lo pedí…el mozo fue hacia la máquina y cuando el café estaba en marcha, se dio vuelta y me dijo: ¿nos conocemos de algún lado?…asombrado y luego de una breve duda, le respondí que no…que no recordaba haberlo conocido.

A los minutos y mientras atendía a otros pasajeros, me dijo con picardía: “Sí…no sólo te conozco sino también sé cómo te llamás”…El acento en “llamás” indicaba que era un argento. Siguiendo con la picardía y estando de espalda, dijo mi nombre. Y luego, se acercó distendido y me contó que nos habíamos conocido hace unos años en un café de Buenos Aires…que él estaba con un amigo en común y que luego había llegado yo y que compartimos la mesa los tres un rato…y que él luego se fue…así, me siguió dando detalles…admirando su memoria, terminé recordando la situación.

Y seguimos charlando un largo rato…y poco a poco me fui reponiendo de la sorpresa inicial surgida de este imprevisto encuentro.

Al final nos despedimos y no hubo modo para que me dejar pagar los cafés…que con el correr de la charla fueron más de uno. Cuando volvía para mi asiento a intentar dormir, ví un cartel con una promoción para el desayuno…y recordé con gracia aquella sentencia fatalista de un sabio bonaerense: “…Jano, la pobreza no da derechos”…pero bueno, me dije…hay excepciones…sobre todo si viene en forma de buen desayuno.

Algo dormí…y desayuné gustoso mientras amanecía…cuando pedí la cuenta, la moza me dijo…”lo suyo ya está pago”….y me comentó que su compañero le había dejado ese encargue por si venía a desayunar. Ante mi pregunta por él, me respondió que estaba durmiendo en esos momentos y que se levantaría cuando arribáramos a Barcelona.

Y llegamos….y lloviznaba…y entre cientos de personas no pude ubicar al amigo para   agradecerle su gentileza. Lo cual me dejó ese “acto lanzado”, el del agradecimiento…así caminé hacia la calle algo perturbado, hasta que aquél acto encontró un destino satisfactorio. Y pensé: “la mejor manera de homenajear al amigo, es hacer con otros lo que él hizo conmigo”…y mi ligera perturbación se esfumó.

Y esa misma tarde se dio la situación propicia…así, con mucho gusto y evocando alegremente su recuerdo, invité un par de rondas de infusiones varias a unos amigos catalanes.

Es curioso…en ocasiones aparece alguien saltando tiempos y distancias…para recordarme “en vivo” lo maravilloso que es el intento de “tratar a los demás como uno quisiera ser tratado”.

Y sin saberlo, me ayuda a acercarme a la Unidad interna…y a alejarme del temor, que a veces tiene la costumbre de disfrazarse de silenciosa y amarga especulación.

Sí…esto me pasó una vez.

 

Dedicado a Victor Piccininni

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