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Cine

Ghost in the Shell frente al espejo de Hollywood

Ghost in the Shell frente al espejo de Hollywood

Canal USB-17

Pronto vamos a comentar aquí el esperado regreso de Shingeki no Kiojin, la serie de los Titanes que volvió el pasado sábado. Y seguramente no pasemos por alto otros animes de esta primavera, que —como de costumbre— son muchos y variados. Pero antes me gustaría referirme a una película de Hollywood: concretamente la que estrenaron el viernes pasado los estudios DreamWorks y Paramount en varios cines del mundo, con todos los focos centrados en Scarlett Johansson.

¿Por qué hablo de un filme con actores reales en un trabajo sobre “muñequitos” japoneses? Porque la cinta en cuestión es Ghost in the Shell. Y está basada en el icónico manga de ciencia ficción creado por Masamune Shirow, que a su vez alumbró uno de los clásicos más sobresalientes del anime con los aclamados largometrajes de Mamoru Oshii: Ghost in the Shell (1995) y Ghost in the Shell 2: Innocence (2004).

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Minimalista y seductora, filosófica y existencial, la primera de aquellas películas se estrenó en el Festival de Cine Fantástico de Tokio y, aunque tuvo un paso discreto por las salas oscuras de Occidente, se erigió pronto en una obra de culto.

La revista Empire, al valorar su atractivo e influencia, llegó a describirla como “el filme que haría James Cameron si Disney se lo permitiera”. Y el propio director de Terminator y Avatar estuvo de acuerdo, cuando la catalogó como “un imponente trabajo de ficción especulativa… el primero en alcanzar un nivel de excelencia literaria”.

Sus elogios, desde luego, no fueron los únicos. Las hermanas Wachowski suelen recordar que consiguieron vender The Matrix a sus productores, apelando a la reverencia de Hollywood por la cinta de Oshii, al afirmar que su película iba a ser “Ghost in the Shell pero con personas”.

Si el anime sirvió de fuente a varios clásicos modernos, también bebió de otros previos, como Metrópolis (1927), Robocop (1987) y, sobre todo, Blade Runner (1982).

El suyo no prefiguró —contrario a lo que algunos podrían pensar— el primer filme de animación para adultos, porque la naturaleza transgresora de Akira ya había saltado a la gran pantalla siete años antes. Ni fue el primer anime en triunfar fuera de Japón, pues las películas de Hayao Miyazaki y el estudio Ghibli eran todo un suceso global para 1995.

Evolución del manga al cine.

La Mayor Motoko Kusanagi en sus distintas representaciones desde el manga original de Masume Shirow hasta la versión en carne y hueso de Scarlett Johansson.

Tampoco la pregunta metafísica en su eje (¿qué hace humanos a los humanos y qué vuelve humanos a los que no lo son, como robots/androides/replicantes?) era original. Pero la importancia de Ghost in the Shell trasciende las fronteras del dibujo animado no solo por lo que cuenta, sino por cómo lo cuenta.

En ese sentido, su historia se presenta como un thriller futurista de espionaje en un mundo distópico, donde el avance vertiginoso de los adelantos tecnológicos posibilita que los humanos reemplacen órganos o partes enteras de sus cuerpos por versiones robóticas. Su protagonista, la Mayor Motoko Kusanagi, es uno de estos entes mejorados, con un cuerpo completamente artificial, a excepción de su cerebro y su ghost (que se podría definir como el “alma”). Y con esos atributos se encarga de liderar la Sección 9 de Seguridad Pública, un escuadrón policial de operaciones encubiertas que se especializa en enfrentar el ciberterrorismo.

Hasta ahí al menos —se sobreentiende por los tráilers publicitarios—, la nueva versión concebida por Hollywood conecta con la cinta original, a la que pretende rendir homenaje con notorios guiños visuales (la secuencia inicial, por ejemplo, combina el célebre salto al vacío y el camuflaje óptico de la película de 1995). Luego, se supone que la trama dé un giro para narrar los hechos a su manera, bajo las riendas del director Rupert Sanders, quien curiosamente fue reclutado para encabezar el proyecto más por su spot del videojuego Halo 3: ODST que por Blancanieves y el cazador (2012).

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Mucho más polémico, en cambio, resultó el fichaje de Scarlett Johansson para el rol protagónico, a raíz de la tensión racial que vive Hollywood por persistir en su larga tradición de designar a actores blancos para interpretar personajes de otras raíces étnicas.

En este caso los reclamos por whitewashing (el llamado “blanqueo” en el cine) inundaron aún más las redes sociales, cuando se supo que la Paramount había contratado a la empresa responsable de los efectos especiales de El curioso caso de Benjamin Button para “asiatizar” el rostro de Johansson. Si bien los fans en Japón parecen no tener problemas con la elección de la actriz, a la que por demás ya nos hemos acostumbrado a ver en papeles de mujeres con poderes sobrehumanos como la Viuda Negra de la factoría Marvel, la alienígena de la inquietante Under the skin (2013) o la indestructible Lucy de Luc Besson.

De hecho, para zanjar esta controversia, el propio Oshii salió en su defensa: “En el cine, Omar Shariff puede ser el doctor Zhivago y Darth Vader puede hablar en inglés. En la historia original nunca se define la nacionalidad de Mayor, que es un ciborg. Así que, personalmente, creo que encaja con la imagen de la película, y no podría haber imaginado un casting mejor”.

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El acento japonés de la versión hollywoodense corre a cargo del legendario Takeshi Kitano (Flores de fuego, Zatōichi), quien encarna al jefe Aramaki.

Y lo cierto es que Ghost in the Shell tampoco estará exenta de acento japonés, pues el legendario Takeshi Kitano (Flores de fuego, Brother, Zatōichi…) dará vida al jefe Aramaki, dentro de un reparto internacional que reúne al danés Pilou Asbæk, el singapurense Chin Han, el australiano Lasarus Ratuere y Tawanda Manyimo, de Zimbabue, como los demás integrantes en la Sección 9; además de la imperecedera Juliette Binoche y un camaleónico Michael Pitt.

Justamente este último encarna a Kuze, un villano que no aparece en el manga de Shirow ni en los dos filmes de Oshii, sino en la serie de TV Stand Alone Complex, presentada en 2002 por Kenji Kamiyama para redondear el universo de Ghost in the Shell junto a la precuela Arise y varios videojuegos.

“Espero haber sido lo más fielmente infiel para haber hecho algo diferente en términos de estructura narrativa”, declaró Sanders, para quien la clave era crear una historia nueva donde se integraran elementos conocidos en la franquicia.

De ese modo, el director optó por recrear la estética ciberpunk del original para mostrarnos una ciudad atiborrada de hologramas publicitarios gigantes, en la que las personas y los robots —o la mezcla de ambos— desandan las calles inmersos en sus cascos de realidad virtual con la misma fijación que otros viven pendientes hoy de sus teléfonos móviles.

Lo que nos conduce ineludiblemente al principal fallo que detectan las primeras críticas a raíz de su preestreno, y que de paso dejó entrever el propio director, cuando advertía que este remake tendrá menos “introspección filosófica” y más acción para atraer a las masas,

Y es que tanto parece haber priorizado el derroche visual “en carne y hueso” que posiblemente se haya descuidado algo básico, enraizado en el mismo núcleo de la saga. Porque el original, es cierto, ofrecía un espectáculo estimulante para la vista, pero también permitía examinar nuevos horizontes, al erigirse en una obra presciente que exploraba dilemas tan complejos y actuales como el desarrollo extremo de una sociedad computarizada, el derrumbe de la privacidad y la invasión tecnológica a todos los niveles.

Sin ir más lejos, la serie Stand Alone Complex vislumbraba un mundo en el que las guerras desencadenan crisis de refugiados y donde un misterioso hacker (El Hombre que Ríe), que utiliza logo parecido al del grupo Anonymous, desata la misma paranoia que ya se vive en la era de Assange y Snowden. En ese mundo, casuístico y ultraconectado, donde aún existen las naciones y los grupos étnicos, Estados Unidos es un imperio aliado de Rusia y está en guerra con México. La fantasía más ciberpunk teniendo eco en la realidad.

Así que tal vez el Ghost in the Shell de Hollywood, queriendo ser un merecido homenaje, termine por quedarse nada más con la piel y el esqueleto del clásico, desechando lo sustancial, banalizando su alma; sin que por ello tenga que ser un entretenimiento precario o una mala película.

Esto último lo subrayo porque en Cuba, cuando veamos esta nueva adaptación (seguramente en el programa Cuadro a cuadro que conduce el historietista Jorge Oliver), yo me sentaré ante el televisor sin prejuicios. Y entonces, solo entonces, juzgaré si quedará en mi memoria junto al filme de Oshii o, por el contrario, se desvanecerá en el olvido, como el turbio reflejo de un espejo empañado.

Rodado en Hong Kong y platós neozelandeses, el remake dirigido por Rupert Sanders procura recrear la estética ciberpunk del filme de 1995.

Rodado en Hong Kong y platós neozelandeses, el remake dirigido por Rupert Sanders procura recrear la estética ciberpunk del filme de 1995.

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