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Contra la guerra. Por José Errejón

Contra la guerra. Por José Errejón

El siglo XXI, como el XX, ha sido alumbrado entre los atentados que se han cobrado miles de víctimas inocentes y las guerras que han asolado países enteros sembrando a su paso el odio, la destrucción, la muerte, la generalización de un clima de violencia y fanatismo en el cual han crecido ideologías y religiones postuladoras de atroces órdenes de barbarie y opresión, enaltecedores de las tensiones más negativas de nuestra especie.

Buena parte de estas guerras se han hecho en nombre de la democracia y los derechos humanos pero, en la realidad, una y otros están aún más lejos de la vida de millones de personas en Afganistán, Iraq, Libia, Siria, Líbano, que antes del comienzo de las guerras. Para millones de personas la democracia es equivalente a la ocupación de sus países, a la destrucción de sus patrimonios colectivos, sus economías y sus hogares, a la proliferación de bandas guerreras que hacen imposible la vida de las poblaciones sometiéndolas a su dominio, a la generalización del fanatismo religioso y el odio interétnico.

Además, es cada vez más clara para la mayoría de la opinión pública mundial que, detrás de las motivaciones declaradas, estas guerras han tenido como objetivo auténtico la efectiva toma de control de una parte de las fuentes de extracción del petróleo así como de sus rutas de transporte y distribución. El agotamiento de las reservas petrolíferas a nivel mundial ha elevado la cotización de las existentes alcanzando niveles de precios que han empujado al Estado que opera como gendarme del capitalismo global, USA, a derrocar regímenes hasta entonces consentidos en su juego geoestratégico pero que, a partir de determinados umbrales de riesgo amenazaban el suministro y control de este recurso crítico para la economía capitalista global.

El uso de este y otros combustibles fósiles es el principal responsable de las emisiones de GEI y del acelerado proceso de calentamiento global del planeta. No obstante lo cual y a pesar de las innumerables declaraciones al respecto, la comunidad mundial no ha sido capaz de definir de forma efectiva las condiciones y términos de un modelo económico que frenara estos efectos. La globalización económica y el alargamiento de las cadenas de valor han impulsado incrementos en el consumo de petróleo incompatibles con cualquier senda de sostenibilidad de las pomposamente proclamadas por Naciones Unidas.

Ni siquiera la constatación de haber alcanzado el límite en los niveles de extracción (a partir de los cuales, el coste de la misma harían muy difícil la financiación de las inversiones correspondientes), ni la caída en la demanda derivada del estancamiento en el que está sumida la economía global, parecen ser capaces de detener la locura fosilista que alimenta conflictos y guerras en todo el planeta.

Ambos problemas-agotamiento de recursos críticos (el caso del agua dulce o de las tierras cultivables es tan grave como el petróleo) y calentamiento global se han convertido ya en problemas sistémicos de carácter estratégico objeto de atención de las principales agencias de seguridad, que los estudian junto a fenómenos como las migraciones y el terrorismo, como factores de riesgo sobre los que actuar. Cada vez más, los llamados problemas globales en tanto que afectan claramente a la supervivencia del sistema global vigente, son tratados como problemas estratégicos y, en tanto que tales, encomendados a los aparatos del Estado (coercitivos e ideológicos) que evalúan los riesgos sistémicos a largo plazo y planifican las estrategias de respuesta.

Aunque no estuviera tematizado y agendado como problema público, el cambio climático es objeto de estudio por el ejército USA desde los años 40 del pasado siglo.

Tal como Ramiz Keucheyan indica en su libro “La naturaleza es un campo de batalla”, los cambios en la densidad, salinidad, grado de acidez, etc. de las aguas submarinas bajo el Ártico habrían sido objeto de investigación continuada por el Pentágono por sus efectos sobre las comunicaciones submarinas.

Sus efectos en términos de elevación del nivel de los océanos (que manifiestan efectos perceptibles en buena parte de las bases militares USA en todo el planeta), la aridificación acelerada de regiones enteras y la consiguiente pérdida de cosechas con sus efectos de hambrunas y revueltas populares, etc. son contemplados en términos de amenazas para la seguridad de un imperio tanto más vulnerable cuanto más extiende sus dominios.

Y, por supuesto, el problema del terrorismo, en nuevo “gran Otro” que ha venido a sustituir al comunismo en el imaginario del mal que el imperio de Occidente ha necesitado para asentar y legitimar su dominación global. No intentaré siquiera esbozar una historia del terrorismo contemporáneo ni, desde luego, minimizaré su alcance y la gravedad de los retos que plantea a las sociedades contemporáneas. Intentaré limitarme a describir la forma en la que, junto a los Estados y especialmente el Estado USA, está contribuyendo a asentar y naturalizar un clima de guerra radicalmente incompatible con la pervivencia de instituciones democráticas para el gobierno de las sociedades de nuestro tiempo.

En el imaginario occidental el terrorismo está personificado en el DAESH, el llamado Estado islámico. El DAESH y los Estados escenifican una guerra entre un mal homogéneo (el Daesh), responsable y legitimador de todas las violencias y horrores que la descomposición de las sociedades puede producir, y los Estados, un bien que solo se reconoce a sí mismo frente al Mal que representa el Daesh. Esta homogeneización/simplificación sirve bien a los designios de los poderes en la época de declive de la civilización capitalista y estatista.

 El Daesh es lo que emerge después de las derrotas de la primavera árabes del 2011. Neutralizados los pueblos, se oye de nuevo la voz de los ejércitos y los Estados, la voz de la muerte. Conocemos bien esta secuencia, la hemos visto en la Europa de entreguerras. Primero una derrota del sujeto o sujetos que representaban o podían hacerlo una alternativa al sistema en crisis (el movimiento obrero y socialista) infligida por los aparatos del Estado con la inestimable colaboración de una izquierda política desorientada. Después, el advenimiento de una forma bárbara de resolución del conflicto social por exterminio de una de las partes y la sublimación del mismo en el Estado, la forma al fin hallada de superación de las contradicciones, la encarnación del Espíritu Absoluto.

En nuestro tiempo, primero la derrota de las rebeliones democráticas contra los efectos devastadores del neoliberalismo y la oligarquización de los regímenes políticos. Después y ante la envergadura de los problemas desatados por los efectos de la globalización capitalista (pérdida de biodiversidad y agotamiento de recursos, calentamiento global, catástrofes climáticas y ambientales), endurecimiento de los Estados, Estados-guerra.

La contemporaneidad nos vuelve a descubrir la génesis del estado moderno, la guerra y sus peripecias en el origen de la modernidad, del trabajo asalariado, de la producción de valor y la conformación capitalista de las sociedades.

La guerra otra vez como forma suprema de ordenación del acceso a los recursos y regulación de la vida social. Y con la guerra, aparición de un nuevo tipo de actores políticos, los ejércitos en trance de constituirse o no en Estado. Que se les otorgue el nombre de Estados no es más que la necesidad de asignarles (o asignarse) una condición de homologabilidad con el resto de los actores políticos de la contemporaneidad. En el caso de la autoasignación (DAESH) para reclamar la soberanía, ahora despojada de cualquier atributo “democrático”. En el caso de los Estados consolidados (llamarles democráticos, incluso si es para abreviar, me parece un sarcasmo), se trata de asignar al enemigo un atributo que le haga digno de tal, es decir, alguien a quien poder hacer la guerra.

Que la aparición de Daesh representa un salto cualitativo en la marcha de los Estados hacia la guerra como pretendida forma de solución de la crisis o el declive del sistema capitalista en sus diferentes dimensiones ecológica, energética, económica, social y cultural, civilizatoria en suma, es algo que parece evidente a estas alturas. Es como si toda la capacidad de destrucción que los Estados almacenan en su interior tuviera la ocasión de aflorar, ofreciendo así a la civilización capitalista una posibilidad de renovarse (recuérdese la destrucción creativa de Schumpeter), una vez agotadas las posibilidades del neoliberalismo y la financiarización.

La funcionalidad más conocida de esta tendencia a la guerra inscrita en el ADN del Estado ha sido sobradamente ilustrada por la crítica de la economía capitalista con Bran y Swezy como más emblemáticos exponentes; con la remisión a su obra y a la desarrollada por la New Left Review que ellos crearon nos ahorramos el trabajo de análisis de este fenómeno.

Sí que hay que destacar un hecho por las consecuencias que supone en la morfología y fisiología del Estado contemporáneo. En plena oleada de ajustes y recortes de gastos sociales, es el gasto militar-junto a los servicios de la deuda-el único que no se contrae de forma significativa. 800.000 millones de dólares es el gasto mundial en armamento (en España, 19.000 millones). El sistema económico global, sumido en un estancamiento al que no se le ve el fin, parece incapaz de poner freno a esta locura. Este ingente despilfarro (para la humanidad, no para el capital) de recursos se justifica porque hay que estar preparado para responder a las amenazas y para disuadir potenciales enemigos. Y en esa labor, la de identificar amenazas y enemigos, los Estados juegan un papel indispensable.

Se han citado con anterioridad las primaveras árabes. Su frustración histórica y la evolución posterior de los acontecimientos ha repercutido de forma muy favorable en la cuenta de resultados de los fabricantes y comerciantes de armas en el mundo: a las inacabadas guerras de Iraq y Afganistán se le han unido las de Libia, Siria, Yemen, etc, con sus consiguiente incremento en la demanda de armamentos, no solo para los contendientes directos sino para el mantenimiento y renovación de los stocks de las grandes potencias que ven en cada conflicto, por lejano que sea, la oportunidad de ampliar su arsenal militar.

Y así se sostienen prósperos sectores “productivos” en los que se encuentran industriales, financieros, medios de comunicación, políticos y hasta sindicalistas “defensores de puestos de trabajo” en tales sectores mantenidos por los impuestos de los ciudadanos, que en ocasiones no llegan para cubrir los ingentes sumas de los contratos de armamentos, siempre con derivas que suponen incrementos de gastos que pueden superar el 40% del presupuesto inicial. Y que, naturalmente, implican el recurso al endeudamiento del que nunca se puede conocer el origen, de modo que los contribuyentes nunca puedan saber si están sosteniendo con sus impuestos la construcción de un hospital o armas para abastecer a cualquiera de los desgraciados países en guerra (o para cumplir con “nuestras” obligaciones como socios de la OTAN). Estos “complejos militar industriales” que ya denunciara el presidente republicano Eisenhower, forman un poderoso lobby al interior de los Estados y de las instituciones multilaterales e influyen poderosamente en el curso de los acontecimientos mundiales.

Pero es, con todo, más importante su influencia en los asuntos domésticos -Conscientes de que esta diferencia (asuntos exteriores/asuntos internos) es cada vez menos sustantiva- en dónde puede apreciarse su alcance. En la actualidad y por medio de la actualización de teorías estratégicas que tiene su origen en la guerra fría y en las teorías de la sociedad del riesgo, hace fortuna un pensamiento securitario que pretende alertar a las sociedades de los peligros que las amenazan (y que son presentados, no por casualidad, como indistintos, el terrorismo al lado del cambio climático),sembrando un clima generalizado de temor y brindando, de nuevo, la protección del Estado a cambio de la renuncia total o parcial, explícita o implícita a ejercer modalidad alguna de ciudadanía autónoma distinta del acto ritual de designación de representantes/gobernantes.

Oferente del bien más preciado que la economía neoliberal globalizada ha sido capaz de ofertar, la seguridad, el Estado se funda cada vez más en el miedo y debe mantenerlo pues funda en él lo principal de su legitimidad. La recrecida relevancia del terrorismo hoy tiene que ver con esta “generalización del miedo”. No es que “Occidente” alimente la escalada terrorista como algunas delirantes visiones presentan (sin descartar que el origen del terrorismo “islámico” haya estado fuertemente favorecido por algunas agencias USA) pero la escalada de violencia sistémica desatada contra los derechos de los trabajadores, la soberanía de los pueblos y la apropiación de sus recursos y bienes comunes, favoreciendo la implantación o el mantenimiento de regímenes dictatoriales y autocráticos, contribuye a generalizar un clima social de violencia absolutamente desfavorable a las mayorías sociales y en el que adviene la hegemonía de los señores de la guerra en las diversas modalidades.

El incremento de la fragilidad y la vulnerabilidad de la existencia individual y colectiva y el generalizado clima de temor por la incidencia de factores de riesgo presentados como efectos colaterales del progreso, inducen una demanda de seguridad sobre la que prosperan sendas intervenciones del “mercado” y del Estado para la provisión de los bienes correspondientes.

Para la demanda de seguridad en el ámbito privado, la oferta creciente de “productos” de las compañías de seguros y la de seguridad en un mercado que tiene no solo en las minorías poderosas sino también entre las clases medias atemorizadas por la conservación de sus patrimonios, su principal clientela. Para el sentimiento de “inseguridad colectiva” convenientemente atizado por la espectacularización y la dramatización de la información, un Estado policía en el que las agencias que la “producen” seguridad se vuelven omnímodas frente a un aparato judicial determinado por la presunción de veracidad de la palabra del policía; las 40000 sanciones impuestas desde la entrada en vigor de la ley mordaza son una buena muestra de ello.

Todo ese aparato punitivo está activado y en pie de guerra contra el otro factor de riesgo que los think tanks sistémicos identifican en los movimientos de migrantes y refugiados. Las condiciones de pobreza extrema, violencia estatal militar y policial que reinan en muchas regiones del planeta, criticidad de las condiciones climáticas y ambientales en general, etc. obligan a millones de personas a abandonar sus hogares y emprender un viaje incierto en el que pierden su condición de sujetos jurídicos, abandonados por sus Estados de origen y rechazados por los Estados de destino. Aquí se revela, por cierto, la extrema fragilidad de la ciudadanía y la “cultura de los derechos”. Lejos de acompañar a la persona en su peripecia vital, los derechos están condicionados a la permanencia en un lugar donde un Estado ejerce soberanía.

El migrante y el refugiado son las dos figuras contemporáneas de la nuda vida que describe Agamben, eso que “solo es vida biológica, material humano desprovisto de derechos, en permanente situación de espera a que algún Estado tenga algo que hacer con estas vidas (incluyendo, naturalmente, suprimirlas).

El nuevo racismo institucional y la islamofobia son dos dispositivos de los Estados para normalizar/simplificar las sociedades que dominan y así facilitar su gestión, en adelante cada vez más militarizada. En las sociedades multiétnicas y multiculturales de nuestro tiempo generadas por la globalización esta gestión simplificada de las poblaciones solo puede ser hecha por medio de la implantación por el poder soberano de espacios de la vida colectiva donde no rige el Derecho, espacios donde está en suspenso el Estado de Derecho (nueva ilustración del postulado shmittiano: soberano es aquel que puede declarar el estado de excepción).

Así que las luchas contra el racismo y en defensa de los inmigrantes y refugiados no son solo luchas solidarias. Son el intento de romper el monstruoso dispositivo estatal de clasificación de las poblaciones que hace inviable cualquier modalidad de democracia estableciendo rangos diferentes de ciudadanía. Son luchas por una sociedad abierta a las entradas y salidas, a las dinámicas independientes del Estado y del capital. Dinámicas de autoinstitución, de reconocimiento recíproco del otro a cargo de comunidades que se constituyen en este mismo acto de reconocimiento que parte de la igualdad de las personas y de su dignidad.

Ninguna nostalgia del Estado nacional social. Junto a su creación de la ciudadanía social, el Estado ha llevado a cabo un proceso mucho más sustantivo, el proceso de individualización a través, también, de las políticas sociales. En ese proceso en el que ha fenecido la identidad de clase (obrera) que fue en el origen la condición de acceso a la ciudadanía social, el Estado ha cumplido algunas de las tareas más importantes que en el periodo de entreguerras se le encomendó al fascismo.

Llamamos fascismo a toda esa constelación de impulsos de muerte, violencia, anonadamiento de la persona, espectacularización de la vida social y sumisión que constituye el entorno en donde se desenvuelven nuestras vidas en las sociedades contemporáneas.

Paradoja de la democracia realmente existente: constitucionalización de los derechos, criminalización de su ejercicio cuando el mismo choca con la razón de Estado, leída a la luz de la lógica de los mercados financieros. Es esta paradoja la que hace posible la convivencia de los rasgos formales de los regímenes parlamentarios, los Estados de Derecho, con el fascismo societario que denomina Dos Santos o el fascismo de baja intensidad.

El odio a la democracia es patente detrás de todo este proceso; Ranciére recuerda que democracia es el nombre que expresa el odio por el temor de las oligarquías a las multitudes. Desde la Trilateral “el gobierno democrático es malo cuando se deja corromper por la sociedad democrática. No hay más que una democracia buena, la que reprime la catástrofe de la civilización democrática”.

De fondo el conflicto de nuestro tiempo en la lucha por la dignidad y por la vida. El neoliberalismo/fascismo de baja intensidad es el ejército de la muerte, hay que oponerle un movimiento radical por la vida y la dignidad.

La relación básica de la política no es amigo-enemigo, sino vida-muerte.

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